Matias

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Relaciones



                                       GABRIEL Y ANALIA

 
Supongamos que usted se casó, formó una familia y a pesar de algunos tropiezos es feliz. Ahora supongamos que esa persona con la que se casó, tiene un secreto que es, ni más ni menos, que haberle sido infiel, pero es algo del pasado de lo cual usted  no se enteró, y esa relación se terminó, y realmente su mujer lo sigue amando a usted. Ahora yo le pregunto, ante esta situación ¿usted qué preferiría, enterarse o ignorar esa aventura?
No sé cuál será su respuesta a este interrogante, pero puedo asegurarle que para un hombre como Gabriel la respuesta sería contundente: ignorarlo. Y las razones son bastantes sencillas.
Hacía más de treinta años que estaba casado con Analía y llevaban una vida muy feliz. Gabriel amaba a Analía, y no había razón para pensar que ella no lo amase, bastaba con escucharla hablar para darse cuenta, que a pesar de los años que llevaban juntos, ella seguía enamorada de él casi como el primer día. 
Tenían una familia muy unida donde se respetaban, por ejemplo, los almuerzos  del domingo al mediodía casi sin excepción. El trato entre ellos era muy afectuoso y también de mucho respeto. Gabriel trabajaba en un banco y Analía trabajaba de enfermera, labor que dejó con el tiempo, cuando nacieron sus hijos, pero que luego retomó, cuando éstos crecieron y tomaron su rumbo.
El amor que se tenían y sobre todo la predisposición de seguir haciendo cosas para no perder esa llama que los había juntado, fueron la razón primordial para que después de tanto tiempo, las palabras, las miradas, el desgaste de los años y la rutina no les quitara sus sentimientos sobre el otro.
Por supuesto, hubieron tiempos difíciles, y como en todas las parejas existieron peleas, pero fueron pasajeras, y realmente muy fugaces.
 “No la aguanto más”, “me tiene podrido”, escuchaba Gabriel decir a varios de sus amigos hablando de sus esposas. Pero eso no pasaba entre él y Analía. Y en su intimidad no ocultaban cierto orgullo por su relación, y la unión y el apego de su familia. Cosa que no ocurría con la mayoría de las familias amigas, embarcadas en divorcios dolorosos y en relaciones frías y distantes.
Nunca se cansaban de contar la historia de cómo se conocieron. En cada fin de año era casi un ritual que después de unas copas de más, Gabriel contara apasionadamente las sensaciones de ese primer encuentro, ante el fastidio de sus hijos, que cansados de escuchar siempre la misma historia, aprovechaban ese momento para hacer estallar el arsenal de petardos.
Resulta que Gabriel el día que la conoció viajaba en colectivo para el trabajo, eran los primeros años de Gabriel en el banco y todavía no disponía de mucho dinero como para comprarse un auto. Esa mañana se sentía extraño, era uno de esos días en que uno presiente que algo importante está por suceder. Un par de cuadras antes de llegar al banco, sube al ómnibus Analía, con el delantal de enfermera en la mano, y al pasar por su lado le sonríe y baja la mirada ruborizada. Analía siempre decía que ésto lo había inventado Gabriel, en realidad ella recuerda haber pasado  rápido para el fondo del colectivo donde había un asiento libre, y que ni siquiera se había percatado de su presencia. Sea como fuere, hay días en que uno ve lo que quiere ver, y Gabriel esa mañana quedó fascinado con esos ojos morenos que lo miraron tímidamente y supo que no debía dejar pasar la oportunidad. Se olvidó del banco, pasó por alto la esquina en que debía bajarse y constantemente, aunque con cautela y con disimulo, Gabriel giraba su cabeza para observar a Analía y aguardaba el momento en que se bajase del colectivo para ir tras ella. Analía decía que en realidad de disimulado no había tenido nada, ella luego de un rato se había sentido incómoda por las miradas constantes de Gabriel, aunque Analía reconocía que le había causado cierta gracia las acciones que hacía para poder mirarla: dejaba caer a propósito el portafolio al piso, fingía crujirse el cuello, e incluso entablaba conversación con un hombre que estaba sentado detrás de él con el único propósito de mirarla.
Cuando Analía finalmente se bajó, casi a la salida de la ciudad, donde quedaba el hospital en que trabajaba, Gabriel hizo lo mismo y caminó lentamente casi media cuadra detrás de ella. No sabía qué decirle, cómo afrontarla, nunca había estado en una situación así, y no encontraba la manera más acorde para que Analía no pensara cualquier cosa o se asustara. En un momento pensó en abandonar su cacería, pero después tomó coraje y pensó que en definitiva ya estaba jugado, caminó más rápido y cuando estuvo a centímetros de ella hizo lo peor que podía hacer, la tomo del brazo fuertemente y le dijo ¡hola! al oído. Analía se asustó e intuitivamente le encajó un manotazo en la cara. Por unos segundos quedaron los dos de frente, se miraron algo confundidos, Analía sorprendida, Gabriel paralizado. De repente quería estar en su trabajo, con los compañeros del banco, o en cualquier lugar, no sabía qué decir, su cerebro maquinaba a mil por hora. “Me asustaste”- dijo Analía, y esa frase tranquilizó a Gabriel, porque indicaba que ya no estaba asustada, y dejaba relucir una cercanía; después de todo, pensó Gabriel, compartimos miradas durante casi media hora en el colectivo.  
Esa tarde Gabriel acompaño a Analía por el hospital, la observó cuidar a los enfermos, y en el trayecto de Analía hacia otra habitación aprovechaba para seguir con su conversación.
Que los dos se enamoraron perdidamente es cierto, pero eso no impidió que se conocieran a fondo, y esto que parece una contradicción, no lo es. Al momento de la convivencia, los dos se conocían casi a la perfección, sabían qué cosas le molestaban y trataban fervientemente de no hacerlas, también sabían que cosas les gustaban y las hacían. Esto que parece una obviedad, no es una realidad en muchas parejas. Los dos sabían y estaban convencidos que para llevar una vida juntos, debían no abandonar sus vidas por separados.
Nadie podía dudar de sus voluntades para poder comprender, aceptar y asimilar las diferencias cotidianas que existían entre ellos, y como ocurre comúnmente con la mayoría de las personas que están juntas.
A Gabriel le gustaba leer en la cama hasta altas horas de la madrugada, obviamente con la luz encendida, y además fumando sus últimos cigarrillos del día, en cambio a Analía le gustaba dormirse temprano en plena oscuridad, y odiaba el humo del cigarrillo. Por consiguiente habían improvisado una habitación pegada a la matrimonial, con el propósito de que cuando a Gabriel se le antojara por la lectura lo hiciese en esa habitación, y así no irritar la convivencia apacible que requiere los momentos del descanso, por otro lado cuando Gabriel se disponía a dormir sin lectura y sin su dosis de tabaco, le molestaba el televisor con el que solía dormirse en algunas oportunidades Analía, entonces era ella la que se dirigía a la habitación contigua para que no hubiese problemas.
Sin embargo hay un momento en que toda pareja atraviesa instantes duros, y a pesar de que su relación era casi perfecta, también sufrieron los problemas que todas las uniones deben afrontar.
Hubo un momento en que Gabriel sospechó que Analía le era infiel. Incluso en algunas ocasiones pudo comprobar que ella le mentía. Si bien nunca tuvo la certeza de la infidelidad, Gabriel atribuyó estas mentiras a la única posibilidad de un engaño, debido a que por otro motivo su mujer no le mentiría.
Igualmente Gabriel nunca indagó más profundo. En primer lugar, porque él había tenido un romance con una mujer que trabajaba en el banco, pero que al tiempo había terminado, y a pesar de algunos sentimientos encontrados, finalmente descubrió que seguía amando a Analía, por lo tanto Gabriel albergo la idea de que tal vez a Analía le pasase lo mismo que a él. Sus cavilaciones no fueron desacertadas, al tiempo su relación volvió a ser como siempre, y su pareja se reafirmó como en un principio.
Un fin de año, cuando Gabriel se disponía a contar otra vez la historia del primer flechazo con Analía, hubo algo que lo hizo callarse, ese algo fue la voz de Analía, que se paró de su silla y dijo mirando a Gabriel

- Hay algo que quiero decirte, nunca me animé, pero ya no puedo soportar más este secreto.

Todos, en la larga mesa de ese fin de año, congelaron sus movimientos ante estas palabras, incluso los hijos de Analía y Gabriel que si bien ya estaban bastante grandes, frenaron su partida hacia el patio para hacer estallar el armamento nuclear que habían comprado para esas fiestas, sabiendo que era el momento de la escena romántica insoportable de sus padres. Nadie se movió, la voz de Analía sonaba a secreto importante.

-Sabés que te amo – dijo Analía sin dejar de mirar a Gabriel – pero hay algo que necesito decirte porque ya no puedo retenerlo en mi conciencia. Hace varios años, te fui infiel.

Nadie duda que esas solas palabras ya hubieran causado un espanto general en toda la mesa, e incluso causado el desmayo de la madre de Gabriel. Pero todavía Analía no había dicho lo peor, lo que en definitiva terminaría de causar un alboroto generalizado en toda la familia desde ese momento y para siempre:

- Y estoy segura que uno de nuestros hijos no es tuyo, si no del hombre con quien te engañé, ese hombre jamás se enteró y ya esta muerto. Fue un error, pero necesitaba decirlo, no podía seguir con algo así dentro de mí.       

 No se que hubiese preferido usted querido lector, pero Gabriel jamás hubiese querido enterarse de esa verdad, porque ya era demasiado tarde.
Gabriel se sentía humillado, traicionado, estaba claro que jamás la perdonaría por lo que había hecho, pero mucho menos por enterarse así, cuando ya no tenía ningún sentido
Analía creyendo sacarse un peso de encima sólo consiguió cargarse con varios más, el de ver a su amor destrozado, y a su familia dividida en sentimientos encontrados. Y comprendió que aunque no se remedie el mal que se ha hecho, hay que aprender a  hablar cuando es el momento y si no, al menos aprender a callar a tiempo.

 



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