Matias

Matias

Personajes





                              MARQUITOS: ¿TE PODÉS CALLAR?             

Marquitos no paraba de hablar. Se los juro, era una cosa increíble.
Desde el primer día que mi jefe lo puso a trabajar conmigo para que me acompañara con las comisiones, hasta aquel trágico día, la voz y las palabras de Marcos retumbaron por toda la combi. Sus comentarios desplegaban un amplio abanico de posibilidades. Hablaba de política, estado del tiempo, deportes, últimas noticias y chimentos. Hablaba sobre religión, música, cine, teatro, hablaba sobre sus cosas. Hablaba…Hablaba…Hablaba… Desde las siete de la mañana, hora en que lo pasaba a buscar, hasta las siete de la tarde cuando lo dejaba en su casa. Incluso cuando bajaba de la combi, me hacía bajar la ventanilla para contarme alguna otra cosita que se había olvidado. Era buen loco, eso sí, sólo que le gustaba hablar mucho, no se daba cuenta, no lo hacía a propósito. Rubén, mi jefe, me lo había advertido.
Me dijo que era muy conversador, pero era un tipo confiable. Él lo conocía desde chico. Me lo dijo a modo de presentación y advertencia, porque  sabía que yo me rechiflo, me saca de quicio la gente que no para de hablar. Sobre todo cuando estoy manejando, o cuando recién me levanto. Y Marquitos a la mañana, apenas se subía a la traffic encendía la vitrola y no paraba de hablar. ¡No paraba!
Ojo que era un pibe interesante para entablar una conversación. Estaba siempre súper informado, le podías preguntar sobre lo que fuera, cualquier tema, y él sabía, se interesaba. Porque a diferencia de otros tipos, que también chamuyan de lo lindo, pero al pedo nomás, él se preocupaba porque su diálogo fuese agradable. A veces hasta me hacía reír con sus ocurrencias. En ocasiones tenía cierta chispa, sobre todo cuando me contaba algún chisme o cuando hacía comentarios acerca de la política. Me recordaba a Pinti, por la manera verborrágica de hablar. Claro, el problema era que no se callaba nunca, ni por un minuto. Después de un rato se volvía inaguantable, pesado. Imagínense tener a Pinti en el asiento de al lado taladrándote la cabeza todo el día, y de lunes a viernes.
Cuando digo que no se callaba ni por un minuto, lo digo literalmente, no estoy exagerando, yo le tomaba el tiempo. Cuando, en contadas ocasiones, hacía una pausa y dejaba de hablar, yo miraba mi reloj y les digo que no pasaban más de treinta, a lo sumo cuarenta segundos para que empezara otra vez con su cotorreo.
Las primeras semanas que estuvimos juntos repartiendo comisiones, yo intenté hacerle notar que me hinchaba las pelotas con su parloteo constante. Obviamente, como no quería decírselo de una manera directa, intentaba hacérselo notar con algunas señales de fastidio. Por ejemplo, bufando un poco, prendiendo la radio, poniéndola más fuerte, más fuerte, y más fuerte. Pero no había caso.

-Escuchá, escuchá esta canción – le decía, intentando que al menos por lo que duraba el tema no hablara.

-¡Sí, es buenísima! A mi me encanta Spinetta, creo que es de “Invisible”, sí, sí, es de “Invisible”. Qué grosso el flaco, yo tengo toda su discografía. Qué disco “Artaud”, no sé si lo escuchaste, yo a veces me preparo un whisky a la noche y pongo ese CD. ¡Bah...! En realidad cualquiera del flaco, porque tiene una manera de componer que es muy suya, muy particular –  no había caso, empezaba a hablar y chau canción, arrancaba en este caso con Spinetta y terminaba comentando las películas de Woody Allen o todo lo referente al último expulsado de “Gran Hermano”.

Yo soportaba y me tragaba la bronca. Porque, como les dije, era buen loco, no lo hacía a propósito y además era amigo de mi jefe. Pero me enervaba a tal punto que a mitad de la mañana ya lo quería matar.
Para colmo, Marquitos era medio sordo. Cuando era chico había tenido un accidente con una bomba de estruendo que le explotó cerca de una oreja y no escuchaba bien, por eso hablaba fuerte. ¿Viste que cuando escuchás música con auriculares elevás la voz? Bueno, así hablaba Marquitos. Y te tocaba, eso era otra cosa que me ponía loco. Cuando hablaba, te tocaba con la mano en el codo. No hay costumbre más molesta que esa. Yo tengo un amigo que tiene la misma costumbre, la de tocarte cuando te habla. Sé que no se dan cuenta, es un acto que no pueden evitar, por eso cuando nos sentamos en una mesa yo me ubico lo suficientemente lejos de él, para que no me toque. Pero con Marquitos era imposible, adentro de la traffic no me podía escapar.
Sin embargo la máxima, la que me hacía poner los pelos de punta, era cuando viajábamos a otra ciudad- porque a veces hacíamos comisiones en otros lugares-, y lo increíble era que venía hablando y de repente se dormía, roncaba para colmo, y después de un rato se despertaba de golpe y seguía donde había dejado, como si nada, era algo de no creer. Yo masticaba bronca porque me hacía pegar flor de julepe. Imagínense: de pronto y sin aviso, luego de un rato de agradable silencio, Marquitos abría los ojos y empezaba a hablar, todo al mismo tiempo.
Justamente un lunes a la mañana, cuando viajábamos a una de esas localidades, yo estaba de muy mal humor. Con mi mujer la noche anterior, habíamos tenido una de esas discusiones estúpidas que comienzan por cualquier boludez y terminan a los gritos, y yéndome a dormir embroncado al sofá, sin que al final uno recuerde por qué se armó semejante pelea. Y bueno, esa mañana Marquitos estaba con su perorata peor que nunca, se atragantaba con las palabras, les juro, me quería contar lo que le había pasado con una minita el sábado a la salida de un boliche, pero, como siempre, me contaba con lujo de detalles todo lo que había hecho desde que se levantó el sábado: que se lavó los dientes, se preparó un café, porque no tenía hambre y después fue hasta lo de su abuela para comer. Me contó lo que se charló en la mesa y así siguió, con esa manía irritante de narrarte todo, hasta la tontería más insignificante. Calculé que lo interesante, lo que en realidad me quería contar, lo de la minita, al paso que iba, llegaría casi al final del día. Y comencé a exasperarme. Empecé a sentir un fuego de furia que me quemaba por todo el cuerpo. Sentí que estaba como un volcán a punto de estallar de la bronca acumulada de la noche anterior, y de todo el tiempo que me venía aguantando sus charlas infinitas. Y... ¡Y exploté! De otra manera no podría haber hecho lo que hice: clavé los frenos en plena autopista y tiré el freno de mano. La traffic hizo un par de trompos y quedamos de costado, en medio de la ruta. Entonces le grité, totalmente desencajado: “¡Marcos! ¡La concha de tu madre! ¿Te podés callar un ratito?” Marquitos se puso pálido. Casi se desmaya del susto. Quedó con la boca abierta y miraba horrorizado cómo los otros autos nos esquivaban por la banquina. Fue una inconsciencia, lo admito, pero después de ese día Marquitos estuvo más atento a mis gestos. Cuando veía que empezaba a fastidiarme dejaba de hablar y me daba un respiro.
Un día, cuando ya habíamos terminado de repartir todas las comisiones, Rubén nos llamó urgente. Por su voz era evidente que debía ser algo bastante serio. ¡Y vaya si lo era!
Resulta que uno de los clientes al que le habíamos entregado un paquete esa misma mañana, reclamaba que no estaba todo lo esperado en su interior, y para colmo este cliente era ni más ni menos que el Tano Branchetti, un ex funcionario del gobierno involucrado en cuanto negocio ilegal y mafioso existiese: droga, comercio de armas, trata de blancas, y todos los etcéteras que se les puedan ocurrir.
Cuando Rubén nos comunicó este inconveniente, yo no hice más que maldecirme en mi interior y reputearlo por el exterior, ya que le había insistido efusivamente en no realizar esa comisión, temiendo algún problema, tal como el que estábamos padeciendo en ese preciso momento.
Rubén nos dijo que debíamos ir cuanto antes, pero yo le sugerí que era mejor que fuese yo solo. Le dije que no hacía falta que fuera Marquitos, sobre todo teniendo en cuenta que a las personas como el Tano no les gusta la gente que habla demasiado. Pero el muy idiota no me hizo caso. Me dijo que si habíamos ido los dos a hacer la comisión debíamos ir los dos ahora para aclarar el tema.
 Así que allá fuimos hasta lo del Tano, Marquitos y yo. Nos recibieron dos tipos grandotes, los mismos a los que les habíamos entregado el paquete esa mañana. Nos hicieron pasar a una de las habitaciones, nos hicieron sentar, y nos dijeron que esperásemos.

- Enseguida viene el Tano –  nos dijo uno de ellos y se fueron, dejándonos solos.

Yo aproveché ese instante a solas con Marquitos para repetirle lo que le había dicho durante todo el trayecto.

-Marquitos, ni una palabra, dejame hablar a mí, vos sabés cómo son estos tipos, no les gusta la gente que habla mucho, les da mala espina.

-Sí, ya sé, ya me lo dijiste, tranquilo, tranquilo, si no hicimos nada –  era cierto, no habíamos hecho nada, y estaba seguro que Rubén tampoco había abierto ni sacado nada del paquete, porque él conocía tanto como yo al Tano y sabía que con él no se jodía.

- Che, esta habitación se parece a la de Don Corleone en “El Padrino” – dijo Marcos –. ¡Qué buena película! ¿La viste? A mí la dos no me gustó mucho pero…

- ¡Qué te dije, boludo! – le dije masticando las palabras entre dientes –. ¡No empecés! ¡Callate la boca!

En eso entra el Tano, seguido por los tipos que nos habían recibido. El Tano es un hombre de unos sesenta años, bajito y algo encorvado al que, a pesar de los achaques de los años, se le nota en su forma de caminar y sobre todo en su mirada, la seguridad arrogante de las personas poderosas, y que se saben intocables, por lo menos “hasta que la justicia demuestre lo contrario”, frase que seguramente lo hacía sonreír. Se sentó en su sillón y los dos tipos se quedaron parados uno de cada lado. Estaba visiblemente enojado, el Tano. Mientras abría algunos cajones de su escritorio, sin mirarnos y sin siquiera saludarnos nos dijo:

- Miren, la voy a hacer corta. El paquete que me trajeron esta mañana estaba incompleto. Así que se los voy a preguntar una sola vez, y les aconsejo que piensen bien lo que van a responder –  hizo una pausa y después no miró fijo –. ¿Adónde está lo que falta?

Me apuré a contestar, antes que Marquitos me ganara de mano y empezara a despacharse.

-Disculpe, señor pero nosotros no abrimos el paquete. Se lo entregamos a uno de sus empleados tal cual nos había sido entregado – el Tano me miró como estudiándome.

- ¿Y a usted quién se lo dio?

Sé que tenía que ser lo más convincente y breve que sea posible, así que dije, mirándolo a los ojos.

- Mi jefe, Rubén. Nosotros nunca abrimos los paquetes de una comisión, es la regla principal para mantener la confianza de nuestros clientes.

Se quedó un rato mirándome. Después se dio vuelta en su sillón giratorio y se quedó de espaldas a nosotros. En ese momento estaba tranquilo, porque estaba seguro de que el Tano me había creído, pero el silencio que se había instalado empezó a ponerme nervioso. Nervioso por Marquitos, digo, porque no sabía cuánto tiempo más iba a aguantar quedarse callado, el silencio lo incomodaba.
De golpe el Tano se da vuelta, lo mira a Marquitos y le pregunta:

- ¿Y vos, qué tenés para decir?

- El sólo me acompaña –  me apuré nuevamente a contestar para que no lo haga Marquitos –  el que está a cargo de las comisi…

- Le estoy preguntando a él –  me cortó el Tano, extendiendo el brazo y mostrándome la palma de la mano, sin dejar de mirar a Marquitos: –  Hablá, que tenés para decir.

Marquitos me mira, amaga a hablar pero no dice nada. ¿Pueden creerlo? Una vez que le piden hablar, que es necesario que hable, el pelotudo se queda callado. El Tano estalló, se paró y golpeó el escritorio.

- ¡Hablá, carajo! ¿O sos mudo? Más te vale que me respondas. ¡Hablá! – y

 Marquitos le hizo caso.
 Habló…Habló…Y habló… Una vez que arrancó no paró más. Empezó contándole lo que hacía conmigo, y después siguió hablando sobre cualquier cosa, como hacía siempre. Después de unos minutos el Tano se sentó y mientras Marquitos seguía, la expresión en el rostro del Tano se endurecía cada vez más, cada tanto miraba a sus hombres, yo sudaba de los nervios, quería decir algo, porque a medida que pasaban los minutos la situación se ponía más tensa y yo temía que el Tano pensara que no paraba de hablar por nerviosismo, quería explicarles que Marquitos era siempre así. De repente, la desesperación me invadió por completo cuando Marquitos le preguntó por el contenido del paquete. El muy estúpido no tuvo mejor idea que preguntar eso. Pensé que nos mataban ahí mismo, les juro. Me di cuenta que era menester hacer algo rápido, me levanté, lo agarré del brazo a Marquitos y les dije:

- Lo siento, ya le dijimos que nosotros sólo hicimos nuestro trabajo, buenas tardes.

Cuando intentamos atravesar la puerta, uno de los grandotes se nos puso adelante y miró al Tano. En realidad Marquitos y yo también lo miramos, era el momento crucial. Después de unos segundos el Tano asintió con la cabeza y el grandote nos dejó pasar. Nos subimos a la traffic y nos fuimos. Cada tanto, yo miraba por el espejito para ver si nos seguían, pero por suerte no.
Esa noche casi no pude dormir. Rubén me llamó para preguntarme qué había pasado y le conté, me dijo que no me preocupara, que si nos dejaron ir era porque nos habían creído, pero yo no estaba muy seguro. La cara del Tano, mientras Marquitos hablaba, me tenía preocupado. Y al otro día se confirmó mi preocupación.
Cuando fui a buscar a Marquitos había una multitud de gente agolpada en la calle, frente al edificio, y el lugar estaba lleno de policías. Estacioné la traffic y al bajarme miré por encima de la muchedumbre y vi un cuerpo sin vida tirado en la calle. ¡Era Marquitos! No lo podía creer. Me arrimé hasta la cinta que había colocado la policía, y le pregunté al oficial que estaba de espaldas a mí:

-Oficial, ¿qué paso?

-Se cayó- me dijo el oficial sin darse vuelta y señalándome el balcón.

- No puede ser –  le dije desesperado –. Oficial yo creo saber que pasó: lo asesinaron, estoy seguro, y yo sé quien fue.

El oficial se dio vuelta y al ver su rostro me quedé paralizado. Era uno de los tipos que estaban en la casa del Tano. Me miró, se acercó y me dijo:

- Fue un accidente. Estaba en el balcón, se resbaló y se cayó. ¿Te quedó claro? ¿O vos también querés sufrir un accidente?

No dije nada.
Entendí todo.
Miré el cuerpo tendido en la calle una vez más y me fui. Yo sabía que tendría que haber ido solo del Tano. Se lo dije a Rubén, a estos tipos no le gusta la gente que habla mucho, lo toman como una incriminación.
Marquitos no se cayó. Marquitos no se callaba nunca…
A Marquitos lo callaron.

 

 

 

1 comentario:

lucas sala dijo...

Pobre marquitossssss jajajj