Matias

Matias

Cotidianas


                                  NOTICIAS DESAGRADABLES

 “Brutal asesinato: una mujer fue descuartizada por su marido. Encontraron los brazos entre la basura

No se puede empezar el día así. Yo lo lamento por los trabajadores de los noticieros, y comprendo que cumplen con su rol informativo, pero he decidido no mirar más canales de noticias.
No importa cuántas cucharadas de azúcar le ponga a mi primer café del día porque con una noticia así, me sabe amargo, las tostadas me raspan la garganta y Flor se tiene que fumar mi mal humor.
No pretendo vivir en una burbuja, como suele decirse. De hecho me interesa estar informado con los acontecimientos políticos y sociales de mi país. Creo que todo ciudadano debería interesarse por el lugar en donde vive. Pero la verdad es que enterarme que una señora resbaló mientras se duchaba y su cabeza rebotó contra el suelo, se le desprendió un ojo y quedó ciega, no creo que me sirva más que para angustiarme para todo el viaje. (Trabajo a ochenta quilómetros de mi pueblo)
Es distinto con los diarios de papel o digitales. Uno puede saltearse esas noticias desgraciadas y elegir qué leer. Con el noticiero televisivo es más peligroso porque estas mirando relajado los goles del fin de semana y de pronto un móvil urgente irrumpe la escena y te muestra a un motociclista incrustado en un colectivo de línea que se pasó un semáforo en rojo y atropelló a una mujer embarazada. (Ya rompí tres controles remotos cuando apurado por cambiar de canal se me cayeron al piso) Me indigna cuando hacen eso. No pueden pasar del fútbol a la desgracia sin prevenir al televidente. Aunque es cierto que para ver desgracia a veces no hace falta dejar de ver fútbol.
Claro que las noticias desagradables no se terminan apagando el televisor. Porque después hay que salir a la calle…
Entiendo la necesidad que tenemos los humanos de comunicarnos. Es algo ancestral y que surge espontáneamente. Pero creo que llegó el momento de reflexionar sobre las temáticas a conversar, por ejemplo, en una panadería…
Recuerdo que en una época yo me fastidiaba cuando entraba a un negocio y el tema de conversación era el estado del tiempo. Hoy, sinceramente, lo extraño. No es que no se hable del tiempo, es una zona agrícola y es obvio que siga siendo un tema de conversación recurrente, pero las noticias desagradables coparon el terreno.
No pretendo entrar a la panadería y que se hable sobre el principio de Arquímedes o la teoría de la relatividad, solamente que bajemos un poco los decibeles de la morbosidad.
A ver…Yo acepto el anuncio de una muerte. Mucho más en el pueblo donde de alguna manera todos sabemos de quien se habla. “¿Te enteraste que murió sultano?”. Hasta ahí vamos bien. Funciona como información. Pero agregarle frases del estilo: “Hacía dos días que orinaba sangre” o “se retorció de dolor hasta el último minuto, es un despropósito. No hay derecho a que uno tenga que salir de la panadería con las medialunas embadurnadas de sangre.
Ayer fue uno de esos días en que las noticias desagradables te persiguen.
Viajé a Rosario. Tenía que hacerme el control de rutina que hago todos los años con mi médico clínico. Esperando mi turno me topé con tres personas que también esperaban (En el piso donde está mi médico, atienden además una psicóloga y un psiquiatra).
Me puse a leer un libro que siempre llevo a mano para ocasiones como éstas y en un momento una mujer le dice al hombre que estaba a su lado:

-¿Te conté lo de Mirta?

El hombre, que leía una de esas revistas que nunca faltan en las salas de espera, y que lo más probable es que sean del siglo pasado, hace una negación con la cabeza y sigue leyendo. Entonces la mujer se despacha con la novedad.

-Le quisieron arrebatar la cartera en la peatonal, Mirta empezó a gritar y entonces varios hombres que veían lo que pasaba la ayudaron. Lo corrieron al chorro y todo. Lo tumbaron y lo empezaron a patear entre todos.

La mujer hizo una pausa. El hombre que, supongo yo, debió ser su marido, ni se inmutó con el comentario, sólo asintió y siguió leyendo. La mujer fue por más.

-Dice Mirta que si no los paraba la policía lo linchaban. Había sangre del ladrón por todos lados.

Miré a la mujer de la anécdota con algo de mal humor. Esperaba que me viera para que notara que no me agradaba estar esperando un turno y desayunarme con toda la sangre de su relato, pero la mujer ni se percató de mi fastidio.   
En la otra punta del salón estaba sentada una adolescente. Tenía el celular sostenido por las dos manos y los auriculares puestos. Su mirada estaba anclada en el teléfono. Escuchaba música. Envidié su suerte. Pensé seriamente en cambiar mi libro por un auricular para la próxima ocasión.
Es más, en ese momento tuve una revelación. Creo firmemente que aquellos que caminan por la calle o esperan un turno ensimismados en su propio mundo virtual están un paso adelante del resto de la humanidad.
Sospecho que, de seguir con este grado de morbosidad, el mundo cotidiano del mañana funcionará únicamente con auriculares.
Cuando salí del consultorio fui hasta el centro de la ciudad a realizar unos trámites. Aproveché para ir a una farmacia para comprar las pastillas de la tiroides…Mala decisión.
Un hombre hablaba con el farmacéutico y le contaba sus conflictos con unos divertículos. Al parecer lo iban a tener que operar.  Y otra vez lo mismo. Hasta el detalle de la operación íbamos bien. A veces uno necesita contar lo que le sucede, es entendible. Pero agregar que arañaba las paredes cada vez que iba a cagar, es un detalle innecesario.  Genera en el otro, en este caso yo, que esperaba atrás del señor para ser atendido, una imagen desagradable que te persigue todo el día.  
Ya de mal humor entré al Ateneo de la calle Córdoba. Me pedí un café y saqué mi libro para distraerme un poco. En la mesa de al lado había un hombre de cara sonriente. Me llamó la atención porque tenía un ramo de flores debajo de la silla donde estaba sentado. Cada tanto miraba para la puerta de entrada. Parecía impaciente. Tuve un impulso y me dejé llevar. Me levanté de mi silla y le dije al hombre:

-Disculpame la curiosidad… ¿Esas flores son tuyas?

El hombre se sorprendió pero no quitó su sonrisa de la boca. Después de unos segundos me dijo:

-Sí, son mías…Estoy esperando a mi esposa. Hoy cumplimos veinte años de casados. Quiero darle una sorpresa.

A mí me cambió el humor. Le pasé mi número de teléfono. Atropelladamente le conté que soy escritor y me interesaba saber cómo seguiría la historia de ese día de aniversario. El hombre aceptó mandarme un mensaje a mi celular para contarme.
Al rato entró su esposa al Ateneo y el galán rosarino le entregó las flores. Se dieron un beso sin importarles las personas que estábamos alrededor. Esa sí fue una linda imagen para que te quede dando vueltas en el cerebro.
Hoy, cuando me levanté, ya en mi casa de San José de la Esquina, tenía un mensaje de un número anónimo. La característica era de Rosario y decía:

“La pasamos muy bien. Fuimos a comer a un restaurante donde yo había reservado lugares. Después nos fuimos a la cama. Hicimos el amor como dos jovencitos.”

Esa noticia me alegró la mañana. Así vale la pena comenzar el día. Ya sé que fue una excepción y que lo más probable es que durante el resto del día tendré que asistir a la infaltable dosis de desgracia cotidiana. Pero me es indispensable creer que, cada tanto, la felicidad le gana una pulseada a la desgracia.

 

 

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