Matias

Matias

Cotidianas


                                            INTRUSOS EN EL PATIO

 Si existe la reencarnación yo debo haber tenido algún episodio traumático con los gatos en alguna vida pasada. Escribí dos cuentos relacionados. Uno que se llama el gato de mi jefe, donde narro las desventuras de un hombre al que le asignaron un gato para que lo cuide durante toda una semana y otro que se llama un día difícil, donde los hechos desafortunados se inician después de que un gato dejó soretes en el balcón. Los dos cuentos están narrados en primera persona pero no son experiencias propias y, por supuesto, no son rigurosamente ciertos.
Dicho esto, paso a contarles lo que ocurrió hace algo más de cuatro meses.
Flor vino corriendo desde el patio e irrumpió en mi estudio. Ya se está haciendo una costumbre un tanto reiterativa. Me refiero a que parece que las cosas sorpresivas ocurren mientras yo estoy escribiendo y Flor tendiendo la ropa.

-¡Mati, no vas a creer lo que hay en el patio!

Y ahora qué paso, pensé yo, intuyendo otro de sus ataques fóbicos con algún bicho. Sin embargo no parecía atormentada, lo dijo con sorpresa y ternura. Puso una cara parecida a la que pone cuando ve a las melliz, las hijas de mi hermana que viven en Buenos Aires.
Dejé de escribir y la acompañé hasta el patio.
Antes de contar lo que vimos me siento en la necesidad de aclarar que el patio de casa funciona sólo para que Flor tienda la ropa en la calesita. Y hasta ahí nomás, porque por lo general prefiere tenderla en un tender cerca del calefactor del comedor. Ella me dice que le queda más cómodo ponerla dentro de la casa pero yo sé que lo hace porque dejar la ropa en el patio le produce el terror de tener que cruzarse con algún bicho. (De hecho, casi todas las tardecitas un par de murciélagos vuelan cerca de la calesita de la ropa y Flor no confía en el radar de los mamíferos. Tiene miedo de que se le enreden en el pelo o que le muerdan el cuello... En fin…)
Era necesario que aclare esto porque de otra manera no me van a creer lo que voy a contar a continuación.
Lo que había en el patio, justo detrás de una planta, era un gatito negro de apenas unos días de vida. ¿Cómo podía ser que ni nos hayamos dado cuenta de que teníamos una gata embarazada viviendo en el patio? La respuesta está en el párrafo de arriba. Salvo las esporádicas visitas de Flor con la ropa o el jardinero para cortar el pasto, nadie pisaba en lo que ya era terreno gatuno.
Recordé que hacía dos días el jardinero había podado las plantas. En una de esas el gatito era suyo. No tenía mucho sentido mi razonamiento pero lo llamé para averiguarlo.

- Hola Sergio, ¿Cómo andas? Che, te hago una pregunta… ¿Vos viste un gatito  en el patio de mi casa?

- Sí… ¿Por qué me preguntas?

- No, porque… ¿No es tuyo?

- ¿Mío? No, yo pensé que era de ustedes.

- No, si sabés que no me gustan los gatos…

Le pedí que me avisara si sabía de alguien que quisiera un gatito recién nacido. Me dijo que por el color del gato no iba a ser fácil encontrarle dueño. Supongo que será por esa estúpida superstición del gato negro.
Estuvimos un buen rato con Flor dándole vueltas al asunto. A pesar de que a ninguno de los dos nos agradan los gatos, no podíamos sacar a la calle al gatito ni echar a patadas a la madre. No somos tan desalmados.
Decidimos dejar las cosas como estaban. Nosotros en la casa y los gatos en el patio. Le pedí encarecidamente a Flor que no le diera de comer. La intención era que se fueran cuanto antes. Ni bien el gato creciera un poco y pudiera trepar el tapial calculé que se iban a ir. Siempre y cuando nosotros no alimentemos la estadía con comida.
Flor me dijo que no le pensaba dar de comer, pero no me convencieron sus palabras. Observé la cara de ternura con la que miraba al gatito recién nacido y temí que se le despertara el instinto maternal.
Esa misma noche, después del descubrimiento de los intrusos, Flor se levantó de la cama, me dijo que iba a la cocina por un vaso de agua, pero tardó más de lo usual, y me pareció escuchar el ruido de la puerta. Estaba seguro que había ido a observar a los gatos. Cuando volvió a la cama le pregunté, pero me dijo que no, que sólo había ido a buscar un vaso de agua. No insistí con mi sospecha porque no hizo falta. Flor volvió a la cama sin el vaso, y esa era una prueba por demás contundente para comprobar que me había mentido.
Desde el primer momento del descubrimiento, mi relación con los gatos fue muy respetuosa. Cuando iba al garaje, gata madre y su cría me miraban subir al auto, la puerta corrediza es de vidrio así que nos observábamos. Nunca se arrimaban a donde estaba yo, y las poquitas veces que tuve que ir al patio me miraban desde lejos, casi con cierta indiferencia. Siempre tuve la sospecha de que con Flor el trato era otro. En mi ausencia intuía que los gatos ampliaban su territorio. Y una tarde lo comprobé…
Volví más temprano de trabajar. El portón del garaje estaba abierto. Estacioné el auto y pensé en entrar a casa por el garaje. La escena que se produjo delante de mis ojos era difícil de creer. Gata madre y el gatito se despachaban con un banquete de cucarachas.
Me quedé un rato mirando la escena desde la vereda, pensando en dónde estaría Flor. No tenía mensajes ni llamadas de ellas para anunciarme que las cucarachas habían regresado a sus andadas. Raro porque sabía que estaba en casa. Los gatos en ningún momento se percataron de mi presencia. Siguieron con lo suyo como si nada, aun cuando pasé al lado suyo para entrar a casa.
 Flor me recibió con una expresión sonriente en su rostro.

-¡¿Podes creerlo?! –Me dijo, con la boca abierta de par en par.

- Sí, volvieron las cucarachas…  – Dije yo, con resignación.

- No, yo lo decía por los gatos. ¡Se comen las cucarachas! ¡¿No son un amor?!

Me puse celoso. Lo admito. Meses de trabajo meticuloso para que Flor logre vivir tranquila en casa, como para que un par de gatitos se lleven toda la gloria. No era justo. 
Los gatos estuvieron un par de meses viviendo en casa. Siempre en el patio, y en contadas situaciones entrando al garaje para almorzar cucarachas.
Hace dos semanas desaparecieron. Una mañana Flor salió al patio y no los vio. Me llamó por teléfono para advertirme que los intrusos se habían ido. Noté su voz algo angustiada, y a mí también me agarró un poco de nostalgia.
El sábado pasado fuimos a comer a la parrilla de Don Pepe. Antes de comer el postre salimos a fumar y un gatito negro se nos arrimó. Con Flor nos miramos y después miramos al gatito. No había dudas. Era el intruso menor. Nos merodeo un rato y después se alejó. Ninguno de los dos dijimos nada, pero de ahí en más estuvimos algo tristes esa noche.
Cuando llegamos a casa prendimos el televisor y no enganchamos con una película argentina llamada: “El nido vacío”.
Flor lloró más de lo usual viendo la peli, y cuando terminó me miró con una expresión tipo gato con botas.  

-¿Qué pasa? – le pregunté, aunque intuía su respuesta.

-Nada… Me encariñé con el gatito…

-Sí, ya sé… Pero yo ya tengo un gatito en casa, no quiero otro. – Le dije, sonriendo. Flor también se rió aunque no sé si le agradó mucho el chiste.

Seguimos mirando televisión sin decir nada. Hasta que en un momento Flor volvió a la carga:

-Bueno, ahora no, pero cuando terminemos la casa podríamos comprar un gato…

-Puede ser…Más adelante vemos…

Flor quedó un rato en silencio y después se durmió. A esta altura de la convivencia creo que sospecha que cuando digo más adelante quiero decir nunca, o a lo sumo, en alguna otra vida.

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