Matias

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Relaciones


                              ¿POR QUÉ NO ME RESPONDE ALICIA?

 Andrés caminó por su departamento como una fiera enjaulada, con el celular en la mano, hablándole a las paredes.
–¿Por qué no me responde Alicia? Se lo mandé esta mañana el mensaje. Al mediodía le mandé otro, no creo que no le hayan llegado.
Estoy seguro que el fin de semana la pasamos bárbaro, yo por lo menos, pero ella estoy casi seguro que también, además cuando la dejé en su casa me dijo bien clarito que nos manteníamos en contacto. No, ahora que me acuerdo dijo “Llamame, y nos vemos”. ¡Qué pelotudo! ¿Por qué no la llamé? Capaz que el mensaje le pareció algo distante, porque está claro que el fin de semana fue bien fogoso, que hubo piel entre ella y yo.
Aunque la verdad es que podría haberle escrito algo más interesante que: “¿Nos vemos esta noche?” no sé, podría haber puesto: “Linda, ¿por qué no hacemos del tiempo, nuestro tiempo y nos vemos esta noche?”. ¡Ahí está, eso hubiese estado mejor! ¿Por qué se me ocurren siempre tarde las cosas?
Igual esto no justifica que no me responda. No responder un mensaje es una desconsideración, una falta de respeto a la otra persona.
Tal vez se quedó sin batería, la escuché decir algo sobre que no le andaba bien. O perdió el celular, porque es media despistada. ¿No se lo habrán robado? A lo mejor se quedó sin crédito. Esa también es una posibilidad, sí, seguramente fue algo de eso, no creo que se haya enojado. Es cierto que tuve un par de actitudes desacertadas, sobre todo el sábado, cuando me pareció que mientras bailábamos estaba mirando a un hombre en la barra y le exigí que me dijera qué miraba, ahí estuve un poco paranoico, lo acepto, pero en todo caso eso no hace más que confirmar mi interés por ella, porque quiere decir que estoy atento a lo que hace, que me preocupo...
No, ¿a quién quiero engañar? Estuve mal ahí, me comporté como un histérico, está bien que no me responda, por idiota, seguramente analizó esa escena del sábado y llegó a la conclusión de que soy un perseguido, y capaz que tiene razón en pensar eso.
Ahora, eso sí: qué bien la pasamos el domingo. No puedo creer que le guste el fútbol más que a mí. Verla gritar los goles de Boca con tanta pasión hace que yo la desee con más intensidad. De sólo acordarme cómo me reprochaban mis anteriores mujeres cuando me quedaba viendo un partido, o la cara de asco que me ponían cuando las invitaba a la cancha, hace que me sienta reconfortado por haberla encontrado. La verdad es que puedo asegurar que ver a una mujer en una cancha sufriendo el partido es algo imperdible. Recuerdo ese momento en el que me apretó la mano nerviosa y transpirada cuando Palermo erró el penal y casi se me cae una lágrima, –por el penal, claro–, pero además por sentir que ella lo padecía tanto como yo.
Qué lindo fue cuando me arengó para que le arrojara el encendedor al árbitro. Sin su aprobación, yo no lo hubiese hecho. ¡Pero ella fue tan categórica!
–¡Rompéle la cabeza! –me dijo, y yo sentí que estábamos avanzando, que teníamos mucho en común porque, en definitiva, son las pequeñas cosas las que unen a una pareja.
No puedo sacarme de la cabeza cómo me clavó la mirada cuando vio que fallé en mi intento por agredir al imbécil del árbitro. Le prometí que mejoraría la puntería y que jamás le volvería a fallar, y ella hizo un gesto tierno y apoyó su cabeza sobre mi hombro. Cosas como estas hacen que uno se enamore.
Por eso no entiendo por qué no me responde. Tal vez yo me embalé mucho con esta relación. A lo mejor ella quiere ir más despacio, porque hace apenas dos semanas que nos conocimos.
Quizás mi analista tenga razón, vivo muy apurado y al final lo único que consigo es atosigar a las personas que me rodean.
Tal vez no tendría que haberle pedido casamiento cuando estábamos comiendo una hamburguesa en el entretiempo del partido, pero qué sé yo, a mí me pareció un buen momento, a lo mejor no era el más apropiado para algo tan romántico, pero considerando cómo le gusta el fútbol, pensé que era el lugar adecuado.
Casi se atraganta cuando me le declaré. Tuve que sujetarla fuertemente con los dos brazos y hundir mis puños en su estomago para que no se ahogara.
Todavía no tengo claro si fue por la emoción o por la sorpresa que le causó. Por las dudas, como ella no dijo nada, no volví a tocar el tema.
Igual podría darme una pista, aunque sea. Algún indicio que me dé la pauta de que todo no terminó entre nosotros. Aunque, si tengo que ser sincero, creo que me lo merezco. Si no lo hace es porque no es una persona valiosa y, en definitiva, es mejor que me la saqué de encima.
¡Se terminó todo!
Sí, ya está, ya fue. Está claro que no quiere nada más conmigo y, la verdad, mujeres es lo que sobran en esta vida.
Pero qué linda es! Su cara no tanto, esos lunares le afean un poco el rostro y ese corte de cabello no la favorece, pero tiene un cuerpo fantástico. Pude notar cómo la miraban en la cancha, sobre todo el pendejito ese que tenía la remera de Riquelme. ¡Pendejo de mierda, se babeaba todo! La trompada que le puse se la tenía bien merecida. La desvestía con la mirada el muy idiota, faltaba que se le tirara encima nomás...
Tal vez tenga razón mi psicóloga, tengo que aprender a controlar mis celos. Pero no es tan sencillo y, para colmo, ella me lo hace a propósito. Por ejemplo el domingo a la noche, que se la pasó hablando de su mejor amigo. Me dijo que lo conocía desde chica, que es con el único con quien puede hablar, que comparte todo y no sé cuantas cosas más. Encima se enojó cuando le di una cachetada, ¿podes creer? Era lo mínimo que podía hacer. Porque no cabe duda que me estaba provocando.
Aunque... tal vez no. A lo mejor es un amigo y nada más. Lo que pasa es que como le dije después, cuando me calmé y le pedí perdón por mi exabrupto, para mí la amistad entre un hombre y una mujer no existe. Tarde o temprano uno de los dos termina confundiéndose. O por lo menos es lo que me pasó siempre a mí. No hubo una amiga con la que no quisiera encamarme. Si no lo hice fue porque ellas no quisieron. Eso es lo que quería hacerle entender, que comprendiera que su amigo no se le tiraba encima porque ella no le daba lugar, de lo contrario ya lo hubiera hecho. Ella se enojó cuando le dije esto, pero después tuvo que reconocerme que podía existir esa posibilidad ya que, en definitiva, uno no sabe con exactitud qué sienten los demás.
Eso es lo que yo me pregunto en este momento. ¿Qué sentirá Alicia por mí? ¿Cómo tengo que tomar su falta de respuesta a mis mensajes?
Esto es lo que me enoja de las mujeres: ¿por qué complican todo? Sería más simple que me respondiera y me diga lo que siente y listo. Entonces yo no tendría que estar intentando descifrar...
Andrés escuchó sonar su celular y leyó apurado el mensaje de texto que decía: “No puedo, tengo una reunión y voy a terminar muy tarde”.
–¿Ves? ¡Esto es lo que me revienta de las mujeres! ¿Por qué no me lo mandó antes al mensaje? De esa forma yo no tendría dudas sobre lo que me está diciendo, pero al haber pasado tantas horas sin tener respuesta me hace pensar que me está mintiendo.
¿Me estará mintiendo? Y si me miente ¿por qué será? ¿Porque no me quiere ver hoy, o porque directamente me quiere sacar de encima?
Me parece que me está pateando. Porque si en realidad hoy no puede, al menos me hubiera escrito algo como para que nos veamos otro día.
A menos que se esté haciendo la difícil.
Qué manía que tienen con eso de hacerse las difíciles. Es como cuando te dicen “Yo no tengo sexo la primera noche que salgo con un hombre”. ¿Qué es lo que intentan hacerte creer diciendo eso?
O si no te dicen: ¿No fue lindo esperar para hacer el amor? ¡Pero no! ¿Qué va a ser lindo? No entiendo por qué les parece lindo eso. O mejor dicho, ¿por qué piensan que lo vamos a ver como una virtud? Si había ganas en ese momento ¿para qué esperar?
Andrés volvió a leer el mensaje de Alicia: “No puedo, tengo una reunión y voy a terminar muy tarde.”
Ya sé, para sacarme la duda, le digo que no tengo problema con la hora, que me avise cuando salga de la reunión y nos vemos un ratito. Sí, eso, le mando el mensaje. A ver: “No tengo problema con la hora, avisame cuando salgas de la reunión y nos vemos un ratito”.
Listo, ahora a esperar.
Esperar, con las mujeres siempre es así, primero a esperar que te den bola, después esperar a que estén listas cuando las pasas a buscar. Como me pasó el sábado. Le dije que a las nueve estaba en su departamento y cuando llegué ella recién se terminaba de bañar. Debe ser que las mujeres tienen un reloj distinto al nuestro.
Tampoco entiendo para qué te preguntan qué vestido les queda mejor si después se ponen uno que no nos gusta. El sábado me hizo elegir entre uno azul largo y otro rojo que era más cortito y más sensual. Le dije que me gustaba más el azul, y al final se puso unos jeans y una remera blanca, ¿para qué mierda me preguntó? Para colmo, me hinchó las pelotas durante todo el trayecto con que se tendría que haber puesto el vestido rojo. Yo, que estaba de buen humor, y para demostrar mi buena predisposición le dije que si quería volvíamos a su departamento para que se cambiara, y se enojó. Me dijo que si no le gustaba cómo estaba vestida que se lo dijera y que no le contestara con indirectas. ¡Será posible! ¿Quién las entiende? Estuvo de mal humor durante dos horas y recién cuando fuimos al boliche cambió la cara.
El celular de Andrés volvió a sonar, de nuevo era un mensaje de Alicia.
“No sé, después te aviso.”
–¿Ves cómo son? Son todas iguales. Les gusta controlar todo, que uno esté a la expectativa de lo que ellas quieran. Si me dice que vaya, ahora no voy un carajo. Porque no hay que mostrarles que uno está a su merced, no hay que dejar que ellas manejen el juego, no hay que aceptarles todos los caprichos. Son perversas, la puta madre. Si les demostrás mucho interés, se hacen rogar. Pero si te mantenés distante, como que te da lo mismo estar con ella que con otra, ahí la tenés a los pies.
La semana que viene, cuando tenga la sesión con mi analista le voy a preguntar si tiene algún texto o algo que trate sobre el comportamiento histérico de las mujeres... No, no me va a dar pelota porque es mujer y entre ellas se cubren, aunque sea psicóloga sigue siendo mujer y la va a cubrir, seguro que me sale con algún argumento raro para convencerme de que estoy equivocado. Ahora que lo pienso, siempre encuentra la manera de confundirme hasta hacerme reconocer que soy yo el problemático. ¡No voy a ir más! Le pido que me derive a otro psicólogo y listo. Y que sea hombre, qué joder.
Andrés se quitó la ropa y se acostó en la cama. Eligió uno de los libros que tenía en la mesita de luz y, cuando se disponía a leer, sonó su celular.
Leyó rápido el mensaje: “No se hace la reunión, estoy yendo para casa, venite, te espero, besos.”
–Sí claro, ahora es tarde. Buscate otro perro que te ladre, princesa.
No hay que estar a sus pies, porque te pisan. Son así. Sé muy bien que si voy ahora, quedo expuesto, me transformo en un dominado y voy a terminar haciendo lo que ella quiera. Y ahí, cuando ella confirme que me tiene en su poder, me pega un voleo en el orto y a otra cosa. Ni siquiera le voy a avisar que no voy, que se quede esperando, como estuve yo todo el día, esperando sus respuestas a mis mensajes.
Andrés dejó el libro sobre la mesita de luz, apagó el velador, e intentó dormirse...
A los cinco minutos se levantó, se vistió, agarró las llaves del auto y se fue derecho al departamento de Alicia.


 

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