Matias

Matias

Relaciones


                                         CUANDO ME AMABA BRENDA

 
Cuando me amaba Brenda todo era maravilloso...

Pero no como en esas películas de amor sensibleras que uno ve de compromiso con una mujer... incluso con Brenda. No. Era algo real: el placer de sentir que la mujer que amás se encuentra en tu misma situación. Que no sólo te ve, si no que en verdad te observa, cuando sus ojos están atentos a tus expresiones. Cuando te hace creer que te va a necesitar más que a nadie en el mundo. Y si digo “te hace creer”, es porque nadie es tan imprescindible. Pero aún sabiendo esto, comprendiendo las exageraciones y las palabras empalagosas en las que suelen caer los enamorados, aún así, era hermoso sentir esa necesidad que tenía Brenda por verme. Y por supuesto, yo a ella.

También era hermoso extrañarla. Detalle importante en una relación. Pasar horas haciendo mis cosas y sentir esa necesidad de volver a sus brazos, tocar el piano y, de alguna manera, imaginar que pronto volvería a verla me hacía dedicarme con más inspiración.

Cuando me amaba Brenda, todo era vértigo.

Pasión...

Cuando hacía la escena de desvestirse frente al espejo del pasillo que da a mi habitación, fingía. Lo hacía como si no supiera que yo estaba mirándola. Pero ella sabía. Por eso le agregaba un poco más de sensualidad a los gestos cotidianos, como quitarse la ropa. Después, cuando giraba y veía mi cara de lascivia, sonreía con un dejo de malicia y se dirigía a mi habitación, insinuándose al caminar, con la ropa interior colgando de uno de sus dedos.

Cuando dejó de amarme Brenda, fue como si se detuviera el tiempo.

Tristeza...

Porque yo seguía amándola. Pero de repente pasé a ser prescindible. Como un jugador de fútbol que ya no es del agrado del técnico y quiere demostrar todo en una práctica, empecé a forzar los encuentros, a exigir espacios que no correspondían. Extrañarla dejó de ser delicioso, era una sensación constante y amarga, opresiva aún estando con ella. Porque ella ya no estaba ahí, conmigo, pero por alguna razón no me lo decía.

Yo confiaba en la posibilidad de estar pasando un mal momento, una crisis pasajera, esperando mi alma en el purgatorio para entrar de nuevo en el cielo de Brenda. Sentía que ya no era mi costilla la que había elegido para existir. Me desvelaba la angustia de saber que podría estar desvistiéndose frente a otros espejos. Que otros ojos la mirarían con lascivia y serían los privilegiados de observar esa escena.

Mi única actividad del día giraba en torno a Brenda. Pensaba en ella. Pensaba en qué pensaría ella. Me obsesioné a tal punto que llegué hasta la locura de mandarme un mensaje de texto con su celular al mío, para sentir el placer de leer en mi casilla que había entrado uno de ella.

Me puse pesado, desconfiado, inseguro. Me transformé en el insoportable que detestaba, si lo veía en otra persona. Hice las cosas al revés de como siempre las había pensado. Estando con ella en ese momento me convertí en otro. Era tan distinto del que era, del que soy, que no me reconocía.

Y es que cuando querés a alguien e intuís que ese alguien ya no te quiere, no lográs hacer otra cosa que estar sumergido en una constante  duda. Y la incertidumbre no te deja vivir.

Mis iniciativas laborales quedaron suspendidas por tiempo indeterminado. Me resultaba imposible concentrarme en las partituras. Me olvidaba de comer. Estaba en un estado de constante irritabilidad y sólo recuperaba mi buen humor cuando veía a Brenda con buena predisposición hacia mí. Mi estado de ánimo era pésimo y ni siquiera se me podía hablar.

Cuando Brenda vino y me dijo que terminaba conmigo, parte de mi calvario se esfumó de golpe, en un instante. Como me lo veía venir, de alguna manera sentí el alivio de salirme de este estado de persecución y melancolía en el que estaba inmerso.

Al principio caí en la impudicia de salir con mujeres cercanas a Brenda, con la tonta pretensión de provocarle un disgusto. De darle celos, bah. Y es que aunque muy pocos lo admitan, un hombre despechado también puede llegar a ser muy cruel. Por eso intenté llenar su ausencia con la conquista de infinidad de mujeres. Desbarranqué mal, en una palabra. Claro que todo era inútil, porque en todas esas mujeres que desfilaban por mi vida, en realidad lo que hacía era buscar a Brenda.

Después de cada salida con una chica distinta, cuando me daba cuenta que por más que hiciera no podía olvidarla, me emborrachaba y le mandaba mensajes. Intentaba todo lo que estaba a mi alcance para volver a llamar su atención. Llegué a rebajarme a tal punto que, después de cada imbecilidad, de cada torpeza, me costaba creer lo que había hecho tan sólo unos segundos antes. Llegué a pensar que iba a quedarme estancado en ese vacío, en ese limbo de dolor, en ese estado obsesivo por el que discurrí ya ni me acuerdo durante cuánto tiempo.

Cuando dejé de amar a Brenda, ella volvió...

Se presentó una noche en mi departamento, sin aviso.

El principio fue incómodo. Pero después de un tiempo de hablar de intrascendencias, nos relajamos y charlamos durante horas.

Nos contamos nuestras vidas después de la ruptura. Me dijo que había retomado las clases de arte que había suspendido cuando estaba conmigo. Nunca entendí por qué había dejado las clases de arte. Sigue resultándome difícil comprender esta condición de la mayoría de las personas cuando se unen a otra en un vínculo sentimental. Cuáles son los motivos que los lleva a abandonar hábitos, costumbres y actitudes que forman parte de lo que son en sí mismos.

El reencuentro de nuestros labios y nuestros cuerpos, lo dejamos para esa hora del amanecer cuando hasta la insensatez tiene lugar. Todavía no había salido el sol, cuando volvimos a hacer el amor otra vez.

Y otra vez la imagen de Brenda frente al espejo y yo en mi habitación. Volvió a desvestirse y yo a observarla, pero cuando giró su cabeza y nos miramos –creo que ambos, al mismo tiempo–, tuvimos la certeza que ya no era lo mismo.

Vino a la cama, hicimos lo que solíamos hacer, y cuando la pasión se diluyó después del último gemido, en ese preciso momento, ambos comprendimos –sin admitirlo con palabras–, que ya éramos pasado.



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