Matias

Matias

Relaciones

SEÑALES

 
“Esperaba que llegaras, esperé toda mi vida, por alguien como vos”, fue lo primero que te dije aquella tarde. Lo recuerdo perfectamente. ¿Cómo olvidarlo? Fue la primera señal que me dio tu rostro como para percibir que había arrancado bien. Esa frase me daba, al menos, la posibilidad de sentarme en tu mesa y seguir la conversación para captar tu atención e intentar que entendieras que no era uno más entre tantos, de los que pretendían seducirte. Claro, el destino me puso a prueba en ese momento para que vos corroboraras no haberte equivocado al dejarme sentar en tu mesa. Porque cuando vino el mozo a tomar el pedido, con una sonrisa idiota te preguntó si traía dos vasos para la cerveza, al mismo tiempo que me guiñaba un ojo y vos notaste ese detalle. Entonces yo, rápido y para evitarte la incomodidad, le dije: “Con uno basta, ella está acostumbrada a beber despacio...”, ¿te acordás? Vos te reíste con ganas por mi ocurrencia.

Fue ahí cuando empecé a hablarte de la trova Rosarina. Tu cara de asombro, debo decirte, no me sorprendió. Para ser sincero, no arranqué porque sí con ese tema. Vos acusaste el impacto, te gustó que empezara hablándote sobre tus músicos favoritos. Tal vez esa fue tu primera señal de que estabas frente al hombre que buscabas, al menos eso es lo que yo intuí en ese momento, te lo confieso.

El hecho de que me dejaras contarte la historia de los maravillosos músicos, no hizo más que confirmar mi sospecha de que yo te interesaba, dado que vos conocías mucho mejor que yo las andanzas de los rosarinos. Sin embargo te limitaste a escuchar y acotabas algo muy de vez en cuando. Pero reitero que no fue de casualidad que yo empezara a hablar de Fito, Abonizio, Baglieto y compañía, porque no te vi por primera vez esa tarde, te mentí diciéndote que me habían cautivado tus ojos. Bueno, a ver... te mentí en parte, de verdad me habían atrapado, pero no esa tarde, porque te conocía de antes, de mucho antes. Para ser más preciso, desde una noche que quedé deslumbrado al escucharte cantar en un bar, interpretando las canciones de la trova maravillosamente bien. Me acuerdo, en especial que “Las cosas tienen movimiento” sonaba hermosa en tu voz. De ahí en adelante no pude dejar de ir todos los jueves al bar para escucharte.

Con esto que te cuento, podés apreciar que no mentí esa tarde cuando te dije que soy un poco tímido. Vos no me creías porque me mostré resuelto y seguro. Claro, no sabías la cantidad de veces que intenté hablarte. Muchas noches, después de escucharte cantar, busqué valor para saludarte pero nunca lo logré y no me diste tiempo para juntar fuerzas y superar mi timidez.

Hasta ese jueves que desapareciste y en tu lugar estaba un flaco que cantaba canciones de Sabina. Esa noche mi desesperación se transformó en tristeza, cuando el dueño del bar me dijo que no cantarías más ahí.

Le pregunté si sabía dónde vivías y me dijo que lo único que tenía era tu teléfono. Cuando me estaba dando el número le dije que era para buscar una buena cantante, y le estaba diciendo la verdad. Desde la primera vez que te escuché cantar, imaginé que sería hermoso acompañarte con mi piano y cantar a dúo aunque más no fuera una canción. Claro que el verdadero motivo de mi búsqueda era que estaba loco por vos.

Pero tampoco me animé a llamarte, por eso, esa tarde ni bien te vi llegar al bar, decidí que no podía dejar pasar esta nueva oportunidad. Sentí que era una señal que me daba el destino que te hizo aparecer en ese momento, en el mismo bar al que yo concurría habitualmente.

Mientras te contaba la historia de cómo arribaron a Buenos Aires los muchachos de la trova, me acuerdo que fuiste vos la que llamó al mozo para pedirle que traiga otro vaso. Y esa fue otra clara señal. Invitándome a compartir la cerveza, pero también como incitándome a que siguiera con mi seducción.

Te confieso que me costó bastante ocultar mi alegría, como también debo decirte que me tranquilizó el hecho de que, al menos, tenía tiempo hasta terminar la cerveza para intentar convencerte de que estábamos hechos para estar juntos.

Esa tarde pude comprobar lo divertida que eras con unas copas de más, ¿te acordás? Con la segunda cerveza empezaste a hablar de las canciones de Enrique Iglesias y, la verdad, me hiciste creer que hablabas en serio cuando lo alababas. Ojo, esto no quiere decir que cuando cantabas o hablabas con el público eras aburrida, pero no te mostrabas tan ocurrente. Además, si mal no recuerdo, durante el show bebías solamente agua mineral.

Cuando estábamos abocados a la tarea de terminar la tercera cerveza, me preguntaste a qué me dedicaba y yo te respondí que lo único que sabía hacer era invitar a una mujer como vos al cine. Volviste a sonreír casi con esa mezcla de vergüenza y picardía tan tuya, esa misma sonrisa pudorosa que mostrabas cuando alguien te gritaba una grosería mientras cantabas. Después, cuando yo te pregunté a qué te dedicabas vos, me respondiste: “Me dedico a aceptar las invitaciones al cine”. Los dos reímos con ganas.

La siguiente señal de que yo te gustaba, fue cuando me comentaste que era la primera vez que faltabas a tu clase de canto y era por lo bien que la estabas pasando conmigo. Te pedí perdón por distraerte y hacerte faltar a tu clase, pero si pudiese volver el tiempo atrás, igualmente lo volvería a hacer.

Vos respondiste: “Sería un placer volver a distraerme”, ¡cómo me acuerdo!

Nuestras risas me confirmaban lo que había intuido desde la primera vez que te vi. Éramos el uno para el otro.

Te confieso que varias veces estuve a punto de contarte la verdad, me refiero a que estuve tentado a decirte sobre las noches que te observaba mientas cantabas en el bar, pero me contuve de hacerlo. Pensé que lo mejor era decírtelo más adelante, en algún futuro encuentro. Porque eso sí, estaba seguro que lo íbamos a tener.

Ni me acuerdo en cuál número de cerveza andábamos cuando me dijiste que te tenías que ir. Pero recuerdo perfectamente bien que me pediste que te llamara para ir al cine. Ese sería nuestro segundo encuentro, ver una película que debía elegir yo. Y aclaraste, con otra de tus sonrisas, que según mi elección, sacarías conclusiones de qué clase de hombre era.

Te agradecí, bromeando, que me alertaras sobre esa particularidad, porque yo había pensado invitarte a ver una película pornográfica. Me sonrojé cuando después de reírte por mi humorada, me dijiste con expresión seria que estabas segura que elegiría la película adecuada, porque yo era el hombre adecuado para vos.

En ese mismo momento dejé de interpretar las señales. Nos besamos con la mesa de por medio. Fue tan intenso ese beso que ni nos importó el hecho de que al acercar nuestra cara para besarnos en los labios, tiramos los vasos de cerveza.

Ni siquiera nos dimos cuenta cuando vino el mozo a juntar los vasos rotos.

Estábamos compenetrados en nuestra propia película. Cuando nos separamos te pusiste el abrigo y me pediste que anotara el número de tu celular. Saqué mi celular y fingí anotar el número porque, como te imaginarás por lo que te estoy contando, ya lo tenía. Aunque debo confesarte que casi se me cae el aparato cuando me diste un beso en la mejilla y te despediste llamándome por mi nombre. Quedé paralizado, te juro. Tenía la seguridad de que no te lo había dicho. Supuse que tal vez lo adivinaste, por eso de la intuición femenina, no sé, pero cuando sonreíste ya en la puerta del bar y agregaste “Me encanta cómo tocás el piano”, supe que había sido engañado, maravillosamente engañado porque vos también me conocías, también me habías visto tocar el piano en algún bar. Los dos jugamos el mismo juego sin saberlo. Los dos fingimos actuar la misma escena del encuentro “casual”.

Y sería hermoso volver el tiempo atrás para evitar el robo de mi celular que sufrí esa misma tarde, o haber caminado hacia mi casa por otra calle, para conservar todavía tu número de teléfono, o si te hubieses aparecido alguna vez, en todos estos meses que diariamente te estuve esperando, sentado en la misma mesa del mismo bar, en que fingimos vernos por primera vez.

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