Matias

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LA NOCHE DEL PICHU CARRANZA

 
La noche estaba preparada para ser mágica. Las butacas del teatro, instaladas ocasionalmente en el gimnasio del Club 25 de mayo, estaban colmadas. Las entradas se habían agotado hacía ya unos días. Nadie quería perderse el debut teatral del gran ídolo futbolístico del pueblo, “el Pichu” Carranza.

El Pichu había decidido dedicarse a su segundo gran amor, la actuación.

Su amor por el teatro se veía claramente reflejado en los partidos de fútbol,
tirándose en el área de una manera muy convincente, o ante cualquier pequeño contacto físico.

Faltando unos minutos para el comienzo de la obra, y si bien el gimnasio se encontraba casi repleto, se podía advertir en el fondo la ausencia de la barra brava del club, fiel admiradora y seguidora incondicional del Pichu.

La obra comenzó luego de esperar unos minutos, deduciéndose que los barras llegarían, como a la cancha, unos minutos después de comenzado el espectáculo.

Los primeros instantes de la escena transcurrieron y la actriz que se encontraba en el escenario comentaba, confidente con el público,  entre arrepentida y complacida, sus aventuras amorosas con un tal Raúl, amigo de su esposo.

Justo en el momento que “la trece” entraba al gimnasio (así se la conoce a la barra brava del Club 25 de mayo, sencillamente por no ser más de trece integrantes), el Pichu Carranza hace su aparición en escena. Se produjo un alboroto generalizado, como ocurría cada vez que la gente del pueblo veía entrar a su ídolo máximo a la cancha. Incluso el Pichu, tal vez por estar acostumbrado a las tradiciones futboleras, levantó las manos a la muchedumbre, en un claro gesto de agradecimiento, olvidando por un instante sus obligaciones actorales que le exigían en ese momento irrumpir en el escenario hecho una furia, debido a que él era el esposo de la mujer y ya sospechaba de su engaño.

Igual, después del saludo, el Pichu se ajustó al libreto e increpó a su mujer con palabras elocuentes y claramente subidas de tono, logrando una primera impresión interpretativa bastante convincente.

Hubo varios momentos en que la obra se hizo un poco densa. La cuestión es que los integrantes del grupo de teatro se habían empecinado en agregar diálogos tortuosos e injustificados, ya que la trama era de lo más sencilla. Se trataba de un hombre que descubre que su mujer lo engaña con su mejor amigo y después de un enfrentamiento verbal entre ellos la obra termina.

A decir verdad, sólo se trataba de un ejercicio de actuación que el grupo había sacado de un libro que contenía escenas simples, con la única intención de ser precisamente ejercicios para aquellos grupos de teatro que quisieran ejercitar sus atributos actorales. Este ejercicio no debía durar más de veinte minutos, pero el grupo lo había alargado de tal forma, que la obra duraba más de dos horas sin interrupciones.

Para colmo, los extensos parlamentos y diálogos agregados, además de ser inconexos con la trama, eran efectuados por distintos personajes, haciendo que por largos intervalos el Pichu no apareciera en escena, ocasionando que la barra brava se aburriera, y comenzara con cánticos pidiendo por su ídolo  “Ponelo al Pichu la puta que te parió”…

La cosa se empezó a poner espesa en el ambiente cuando la mujer del Pichu y Raúl, su mejor amigo (en escena) retoman sus actos amorosos, riéndose de Andrés (el personaje que hacia el Pichu) criticándolo sin tapujos. En ese momento el silencio en la sala era como esa calma que antecede  a la furia. Desde el fondo “la trece” empezó a vitorear amenazante otro de sus clásicos cantos: “Si lo tiran al Pichu al bombo va a haber quilombo, va a haber quilombo”…

Luego de un rato, todas las personas en el gimnasio acompañaron a la barra con este canto y otros más subidos de tono. Prácticamente no se escuchaba lo que los actores decían, la situación se había tornado insostenible. Pero en el momento en que todo parecía que iba a explotar, entró nuevamente en escena el Pichu, descubriendo ahora sí la traición, encontrando a su mujer con las manos en la masa o, para ser más preciso, con las manos en las partes íntimas de Raúl. Esto calmó a los espectadores que se callaron y siguieron con atención la escena.

El Pichu, un poco sobreactuado, empieza a increparlos a los dos, lo que genera en el público aplausos y gritos de aliento para el ídolo que, envalentonado por el apoyo de sus seguidores, se sale un poco de libreto y va en busca de Raúl, empujándolo hacia un costado del escenario y desafiándolo a pelear. Esto hace que la barra brava cante eufórica: “Y pegue, y pegue Pichu, pegue”…

Vale aclarar que la obra, tal como estaba ensayada, terminaba en ese momento, con el Pichu descubriendo el engaño, retirándose del escenario y haciendo un pequeño parlamento en alusión a que no valía la pena malgastar sus energías en ellos dos y una vez retirado de escena, apagón final y cierre del telón.

Pero como dije, el Pichu lejos de retirarse, seguía buscando confrontación con Raúl, que no sabía qué hacer ante esta variación del acto, y sólo atinaba a alejarse del ídolo del pueblo, evitando la pelea. Esto hizo que todo el gimnasio alentara con más fervor al Pichu, mientras “la trece” cargaba a Raúl al grito de “Sos cagón, oh Raúl, sos cagón”…

El suspenso de la escena se mantuvo por unos instantes hasta que, ante el estupor de todos, Raúl sacó un cross de izquierda certero que impactó de lleno sobre el rostro del ídolo del 25 de mayo, dejándolo desmayado sobre el escenario. Se produjo otro silencio filoso y, finalmente, los espectadores enfurecidos se levantaron de sus butacas y empezaron a insultar implorando por justicia.

En ese momento el director del teatro salió a escena simulando ser un árbitro de fútbol y al llegar frente a Raúl, le mostró una tarjeta en señal de sanción, por haber agredido al Pichu. Pero esto no hizo más que enardecer con mayor intensidad al público, debido a que la tarjeta sacada por el director, disfrazado de árbitro, fue la amarilla, y los espectadores consideraron insuficiente el castigo efectuado.

Segundos más tarde comenzaron a volar todo tipo de objetos contundentes sobre el escenario, transformando al gimnasio en un verdadero caos.

El iluminador del grupo, sin saber qué hacer, decidió dar por finalizada la función, haciendo un apagón total, y rápidamente se cerró el telón.

Por suerte para la integridad física de los integrantes del grupo teatral, al día siguiente el Pichu Carranza anunció su retiro del teatro y su vuelta al fútbol. Esto hizo que la furia de los pobladores se disipara, y se alegraran al saber que iban a poder seguir disfrutando de su ídolo en el lugar que correspondía.

Por su parte, el director del teatro declaró en un programa local, transmitido por el canal de televisión del pueblo, que todo lo que había acontecido se trató de programa elaborado para que Carranza no abandonara el fútbol, y para que de una vez por todas se dejara de decir que los futbolistas tienen algo de actores.      

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