Matias

Matias

Conversación Tormentosa


               

Don Edilberto Sánchez, dueño de la estancia Santa Madonna, y Ramiro Funes, joven ayudante del estanciero, conversaban frente a la galería del casco. Edilberto mateando al sol, sentado en su sillón de mimbre, y el joven Ramiro acariciando al Rayo, el potrillo preferido del Estanciero.

- Mire, pibe, mire cómo se agrupan aquellas nubes – Edilberto señaló al sur.

- ¿Usted cree que va a llover? – Preguntó Ramiro, sin dejar de acariciar al caballo.

- Temprano para asegurarlo. El cielo es indescifrable. Se lo digo yo, que llevo setenta y cinco años observándolo…Aunque, me atrevo a decir que si esas nubes de allá, están arriba nuestro en dos horas, estaremos en presencia de una lluvia intensa… Parecida a la del año pasado o al aguacero del veinticinco de enero del 2009… ¡Cómo llovió ese día!

- ¿Quiere que ponga la radio, a ver qué dicen los del servicio meteorológico?

Al veterano por poco se le cae el mate.

-¡Cómo me insulta de esa manera! ¡Qué sabrán de cielo esos infelices! Todo el día con el aire acondicionado, pronosticando estupideces… ¿Usted escuchó alguna vez sobre la catástrofe del 79?

- No, ¿qué pasó?

- Nada pasó. Estos infelices anunciaron la tormenta del siglo y llovió dos milímetros en todo el país…

- No creo que en los servicios meteorológicos estén los mismos que en aquella época… ¿no le parece, don?

- Serán los hijos o los nietos. Todo es hereditario en este país… Como la lluvia…No vio que ahora a las tormentas le ponen nombres…

- Es cierto. La otra vuelta escuché que en Estados Unidos se estaba acercando Matilda, la peor tormenta en años, dicen…

- Exacto, esa tormenta es hija directa de Jennifer, la tormenta del año pasado y nieta de Rosaura, la del anteaño pasado. Hay todo un linaje con las lluvias…

- ¿Qué quiere decir linajes?

- …Por eso son cada vez peores…Traen los vicios de las viejas generaciones de tormentas…

- ¿Habla en serio don Edilberto?

- Por supuesto. ¿O usted me vio hablar en joda alguna vez?

- No, nunca…Bueno…  –Ramiro buscaba las palabras adecuadas. No quería desatar la cólera del estanciero, propenso al enojo fácil. –  Los otros días…Cuando había tomado unos vinos, en el bar de cantú…Se largó un par de chistes muy divertidos…

- Ah, pero ahí estábamos de parranda…Los conté para satisfacer a la muchachada…

- ¿Por qué no me cuenta uno ahora?

- No, ahora no hay clima, en una de esas si llueve…

- ¿Usted es medio poeta, no?

- ¿Por qué lo dice?

- Y…Lo inspira la lluvia…

- ¿Y a quien no? ¿No vio cómo nos ponemos todos cuando llueve? Es una fiesta. Pero hay que saber de lluvia, eh. Algunos se ponen contentos por un poquito de garúa y ya se largan a derrochar.

- ¿No había un tango que se llamaba así? – Ramiro se animó al recuerdo.

- ¿Así cómo?

- Garúa, como usted dijo…

- Ah, puede ser…No sé…Yo no salgo mucho del folclore... ¿Quiere un mate? Recién ahora me doy cuenta que estoy tomando solo. Es la costumbre.

- No, gracias don Edilberto...Lo que quisiera, si no es mucho pedir, es dar una vueltita con el caballo. Doy un par de rodeos por el campo y se lo traigo…

- Primero dele de tomar, no vaya a ser cosa que se me seque también el animal. Qué desastre esta sequía.

- Sí, sí, lo llevo para el corral y le doy. ¿Me espera un ratito? Tengo que hacerle una pregunta.

- Vaya tranquilo, estoy con tiempo este año.

Ramiro llevó el caballo hasta el corral y Edilberto aprovechó para calentar el agua. Tenía a su lado unas leñas ardiendo y una parrillita que utilizaba sólo para calentar la pava.

Al rato volvió Ramiro, con el rayo listo para salir al trote.

-Ya está don Edilberto, pero antes de dar una vuelta le quería hacer una pregunta.

- Dispare nomás.

- En realidad no sé si usted podrá sacarme esta duda que tengo…Pero como su hija es médica…En una de esas usted también entiende algo de medicina…

-No quiero pecar de soberbio pero yo le tomaba los exámenes a mi hija antes de que vaya a rendir. Tengo conocimiento y experiencia en ese terreno. ¿Qué le anda pasando?

-En realidad no es algo mío…Es de una…una chica con la que estoy saliendo…

- Si anda con vómitos está embarazada.

-No, no don Edilberto, la boca se le haga a un lado…Tiene ataques de pánico, problemas con la ansiedad...

- Tráigala para el campo. Va a ver cómo se relaja.

- En realidad lo que le quería preguntar tiene que ver con algo que me dijo un amigo que vive en la ciudad…

- ¿Qué ciudad?

- Una que…Pucha… ¿cómo se llama esa ciudad?…Es que es medio raro el nombre… Algo de los cerros…de… ¡Puta madre! –Ramiro le pegó un puñetazo al caballo, que relinchó.

- Tranquilo, no me altere al animal…

- Es que me da bronca olvidarme de las cosas.

-Hace mucho tiempo que no llueve en esa cabeza, me parece.

- Es una ciudad bien al norte…

- Hay muchas ciudades al norte…

- Al norte de la provincia digo… ¡Cerro de los pinos!, ahí está, me salió, mi amigo vive en Cerro de los pinos.

-¿Usted sabe dónde queda el norte, pibe? Eso es el oeste.

- Ah, claro, puede ser…Le cuento…Este amigo me dijo que tiene un tío que es medio medico…

- ¿Medio médico?

- No, quiero decir, es médico, pero de una medicina alternativa, naturista, o algo por el estilo…

- Entiendo…Siga.

- Bueno, y mi amigo me dijo que el tema de la ansiedad muchas veces tiene que ver con la alimentación, no sé si usted o su hija escucharon algo al respecto.

- Hasta donde sé, la alimentación tiene que ver con la obesidad.

- No, pero, esto es un estudio nuevo que se está realizando, sobre todo con el consumo de carne…

- Mire, ¡¿qué le dije?! –Edilberto señaló hacia el cielo que, de pronto, se había cubierto de nubes amenazantes, –  creo que le erré en el cálculo, dije dos horas pero me parece que llueve en cinco minutos.

- ¿Usted cree? –Ramiro miró hacia el cielo.

- Por supuesto, pibe, no tiro bolazos como esos de la radio.

- ¿Y lloverá mucho?

- Con esta sequía me conformo hasta con un poquito de lágrimas.

- Si quiere le lloro un poco, Don Edilberto –Ramiro se animó al chiste.

- No se haga el gracioso, le queda mejor la timidez.

Los dos quedaron un rato escrutando el cielo. Edilberto retomó la palabra.

- ¿Qué me estaba diciendo?

- Ah, sí…Le decía que mi amigo me contó que estaban estudiando a la carne, porque al parecer los problemas de ansiedad podrían tener que ver con el consumo de ese alimento.

- A ver si le entiendo…  – El estanciero endureció su rostro – ¿Usted me está diciendo que su novia tiene ansiedad por comer carne?

- No es mi novia…es…es…Alguien.

- Todos somos alguien, ¿qué clase de caballero es usted?

- Quiero decir…Recién nos estamos conociéndo… ¿Usted qué cree? ¿Será la carne el problema?

- ¡Lo único que falta es que usted insulte al ganado en mi propio campo!

- No, don Edilberto…A mí…me gusta la carne, pero como mi amigo me dijo que podría ser un problema de…

- No crea lo que dicen en la ciudad, son todos mentirosos, igual que los del servicio meteorológico.

-Lo que pasa es que tiene cierta lógica, – Ramiro se rascaba nervioso la cabeza – acuérdese de los casos de las vacas locas…

El estanciero miró al muchacho con los ojos inyectados de sangre. Ramiro estuvo a punto de seguir argumentando pero al notar el rostro desencajado del patrón optó por un silencio expectante.

-Usted no puede estar acá, lo más campante en mi Estancia, y decir lo que está diciendo. Si ofende a la vaca, me ofende a mí…Retire lo dicho.

Un trueno potente hizo temblar el suelo del campo. Ramiro aprovechó la ocasión para desviar la conversación.

-Mire cómo se puso el cielo…Ahora sí va a llover… Tenía razón, Don Edilberto.

- No se me escape por la tangente. ¿Qué quiso decir con lo de la vaca loca?

- Según el tío de mi amigo – Ramiro tragó saliva – el consumo de carne de vaca genera unas endorfinas en nuestro organismo causando todo el malestar ansioso. Incluso me dijo que están estudiando la posibilidad de que la histeria derive de lo mismo. Lo que no saben todavía es si la vaca estresa a los humanos o si los humanos estresan a la vaca y se vuelven locas. Es medio embrollado el tema…

- El huevo y la gallina.

- ¿Cómo dice?

- Parece la disertación del huevo y la gallina... Le voy a decir algo…En mis setenta y cinco años que llevo de vida jamás, ¡pero jamás, eh!, escuché una pelotudez más grande. – Edilberto desenfundó el facón y con la punta del mismo señalaba a lo lejos, hacia el rebaño. Ramiro instintivamente retrocedió, sabiendo con que huelle araba. – ¿A usted le parece que aquellas hermosas y tiernas vaquitas pueden generar algún problema? Recuerde que son las mismas que nos dan leche de forma desinteresada.

- Justamente con la leche también hay debates…

- Usted no puede ofender el honor de unos simples animalitos porque un tío medio medico se levantó con ganas de joder e inventó una teoría pelotuda. ¡Vaya y pídales perdón!

- ¿A quién? – Preguntó Ramiro, sorprendido.

- ¡Cómo a quién! ¿De qué estamos hablando? Súbase al caballo, vaya hasta el corral y pídales disculpas a las vacas. Dígalo bien fuerte así lo escucho.

El cielo comenzó a escupir las primeras gotas del día. Hacía tres meses que no llovía.

-¡Mire, llueve don Edilberto! –Nuevamente Ramiro intentó desviar la atención.

-No se apure, es solo un lloviznita por ahora.

-¡Pero se va a largar con todo! Como dice usted siempre: La lluvia, ¡tarde pero segura!

- Ideal para pedir perdón... ¿Usted sabe qué hacían nuestros antepasados en el campo cuando llovía?

- No…

- Salían afuera y comenzaban a lavar sus pecados, confesándole a la lluvia sus fechorías. Como en el campo no había sacerdotes, y volver al pueblo cuando llovía era imposible, decidían hacerlo así, en pleno diluvio.

-¡Qué bárbaro! No sabía nada de lo que me cuenta, don Edilberto.

- Mi abuelo, en uno de sus viajes al áfrica, había aprendido una técnica muy ancestral de una tribu milenaria que era capaz de escuchar una lluvia con dos días de anticipación. Mi abuelo aprendió  y cuando volvió del viaje tenía el poder de escuchar una lluvia…

-  ¿Dos días antes sabía que iba a llover?

- No, mi abuelo la escuchaba un día antes. Lo que pasa es que era medio sordo de un oído.

- ¡Qué increíble! ¿Usted también tiene esa sabiduría?

- Sí le digo que sí, ¿usted me cree?

- Por supuesto, don Edilberto.

- Vio qué fácil es hacerle creer una teoría estúpida... ¡¿Cómo puede creer semejante burrada que le acabo de decir?!

- Ah…Era mentira – En la cara de Ramiro se notaba la desilusión.

- A usted, pibe, montar un caballo le queda grande.  No le da el pine más que para un burro.

La llovizna se transformó en una lluvia intensa. Los paisanos estaban empapados, pero seguían firmes en la intemperie.

-¿Sabe cuál es mi teoría sobre su “alguien”? Para mí que no la está atendiendo bien en la cama y por eso anda ansiosa. Dele una alegría y va a ver cómo se le pasa.

-Está bien, don Edilberto, yo seré un poco ingenuo, pero lo de la carne tiene cierta lógica…

El estanciero abrió los brazos con satisfacción.

- ¡Ah, qué hermosa lluvia! Mire las gotas, ¿vio lo grandes que son? Eso quiere decir que por lo menos va a llover cincuenta milímetros. La naturaleza es sabia…

- ¿No quiere que sigamos conversando en la galería?

- No señor, hace bien un poco de agua en el cuerpo. Y ya le dije, es ideal para pedir perdón. No se crea que me olvidé. Gríteles desde acá.

- Pero…Pero…

- ¡Pero, un carajo! No me haga desenfundar el facón otra vez. Yo le voy dictando lo que tiene que decir.

- Está bien, don Edilberto… – Ramiro respiró profundo. Le incomodaba lo que tenía que hacer, pero no podía contradecir a su patrón.

- Perdonen vaquitas…

Ramiro replicó las palabras lo más fuerte que le salían.

- ¡Perdonen vaquitas!...

- Por haberlas ofendido…

- ¡Por haberlas ofendido!...

- Mi mujer está ansiosa…

Ramiro observó intrigado al estanciero, que le hizo una seña como para que siguiera con sus palabras. El muchacho, resignado, le siguió el juego.

-¡Mi mujer está ansiosa!...

- Porque no le entrego mi cosa…

-¡Porque no le entrego mi cosa! –Ramiro se ruborizó. El estanciero largó una carcajada estruendosa.

- Muy bien, pibe, saldada la deuda… Conste que no le hice decir “Mi chota”.

- Se lo agradezco. – Dijo el muchacho, con sarcasmo.

 -Me encanta la furia de la naturaleza. ¿A usted no le gusta?

- A mi me asustan las tormentas. Por qué no vamos para adentro Don Edilberto, están cayendo piedras...

-Mire el remolino que se está gestando por allá. ¿Usted sabe que si ese remolino llega a tocar el suelo podría transformarse en un tornado?

- Sí, mejor vamos para adentro.

-¡Ahí está! Mire. Ahora ya es un tornado... Chiquito, ¿categoría 2 será?...Pero puede tomar fuerza en un santiamén. Transformarse en uno de categoría 3 o 4…Nunca tuvimos un tornado así por estos pagos…. Sería maravilloso… ¡Miré como se doblan esas plantas!

-En serio Don Edilberto. Tendríamos que entrar a la casa.

-Mire, ¡mire que bárbaro!! Qué invento maravilloso es el universo… Fíjese la furia que tiene ese tornado... ¡Mire cómo hizo volar el techo del quincho!... ¡Ahí va el tractor! –  Ramiro se subió al caballo y partió en dirección opuesta a la tormenta. –  ¿Se acuerda del refrán “cuando las vacas vuelen”? Ahí lo tiene, mire… ¡Qué espectáculo divino! ¡Y se viene para acá nomás! ¡Mire con que velocidad avanza ese majestuoso tornado! En segundos lo tenemos frente a nuestras narices…Y algunos se aburren en el campo, que no pasa nada, dicen... Que sabrán de entretenimiento esos giles…